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Los Monstruos De Mi Felicidad

De niña, solía tener un sueño recurrente que me acompañó durante años, intermitente, pero siempre volvía.

En ésa época vivíamos en un departamento en Caballito, yo tenía seis años de edad. Mi cuarto era grande y lo compartía con mi hermano. El placard era tan largo como la pared, por lo cual había espacio suficiente para guardar todo lo que necesitáramos. Mi cama estaba justo frente a ese armario, yo abría mis ojos y lo podía ver.

En mi sueño yo  estaba dormida, y me despertó el sonido de las bisagras de la puerta del placard. Entonces sin salirme de la cama, sin moverme siquiera, abrí mis ojos y vi como se abrían esas puertas de par en par, y dentro de él aparecieron cinco monstruos color verde, que estaban tocando la batería, ese instrumento ruidoso que durante años me costó aprender a escuchar. Mi sensación al mirarlos, fue aterradora, aún sabiendo que no estaban haciendo nada malo, no tenían aparente intención de atacar, estaban cantando una canción que yo no entendía, eran una banda musical. Lógicamente,  no me puse a filosofar un significado de tal sueño en ese momento, pero tampoco me puse a llorar. Recuerdo que seguí durmiendo y lo dejé pasar. Tiempo después, mis padres se separaron.

Con los años, ese sueño volvía y si bien la sensación primaria ya no existía, aún me generaban un poco de desconfianza e inseguridad. ¿Qué querían estos seres conmigo? ¿Porqué despertaban en mi momento de mayor vulnerabilidad?, ¿Porqué tocaban esa batería donde solo hacían un ruido horrible que molestaba mi descansar? Yo no me acercaba a ellos, ni se me ocurría tocarlos, ni siquiera echarlos o hablar, me limitaba a vigilarlos desde mi cama, a mirarlos de costado, si mi posición ya no era igual. No recuerdo si la canción era la misma, pero sí a medida que fueron pasando los años, se fueron callando de a poco, como cuando bajas el volumen de la radio. Con el tiempo  la banda dejó de sonar, convirtiendo a mi sueño en una película muda que se fue difuminando hasta su desaparición total. Más nunca pude olvidar ese sueño. Supongo que a mis monstruos, aprendí a hacerlos cantar dormidos junto a mí. Yo sentía que estaban allí aunque ya sin su imagen ni su música, ni mis miedos, me quede sola con mí latir.

De adolescente comencé a leer mucho, me apasionaba investigar un poco de todo, a medida que crecía, pasaba las tardes con Og Mandino, Peale, en los viajes en tren hacia capital le hacía mil preguntas a Carl Jung, Marx, y con De Mello debatíamos mano a mano todo el tiempo, me encantaba porque todos me hacían pensar, todos me llevaban a transformarme y elevar mis conocimientos, comencé a estudiar teatro, y allí podía aprender a plasmar mis sentimientos, la creatividad en estado puro, escribía poesía con Neruda  e intercambiaba con Schopenhauer mientras me peleaba con Nietzsche por su agnosticismo hasta que comprendí que el ser humano posee sus propias capacidades y sin embargo, aún así decidí que me gustaba la idea de que alguna energía inexplicable cuidara de mi. Pues mi padre, luego de separarse de mi madre, me había abandonado, y tal vez mi alma necesitaba llenar ese vacío. Me gusta la idea de creer en Dios sin la necesidad de preguntarme si realmente existió o no. Para mi existe en mi alma y eso alimenta mi felicidad.

Buscaba otras respuestas y el recuerdo de mi sueño siempre se hacía presente. Sin embargo, no fue sino hasta hoy, que me doy cuenta, a través de mi profesor de la Universidad, quien ha presionado el botón  despertado a mis monstruos una vez más, pero esta vez, de manera diferente: descubro que esos monstruos, estuvieron allí sin hacerme daño, y me pregunto: ¿Y si su intención fue solo  cuidarme?, ¿acaso prepararme para lo que estaba a punto de pasar?¿para ponerme en alerta y aprender a abrir mis ojos en ciertas situaciones?. Descubro que ellos me han acariciado en momentos de soledad, me han cantado sus canciones, y en el ruido me han hecho despertar. Comprendo que los que yo consideraba mis monstruos no han sido tales, sino los precursores de mi propia felicidad. Ellos han abierto las puertas de mis  libertades, y me han ayudado a levantarme en mis batallas más peligrosas y hostiles, logrando a través de sus consejos, el éxito de los procesos en los finales.

Me recuerdo en aquella cama, paralizada mientras mis monstruos me cantaban su canción, sin embargo, hoy pude observarlos de otra manera: mientras los miraba con temor, no podía movilizarme, cuando los miré con amor, me enseñaron otro idioma y hasta me encariñe con su nombre. Los miedos dejaron de serlo, se desvanecieron ante la consciencia. Es real que cuando el mensaje es para ti, las palabras no llegan ni tarde ni temprano, si no en el momento correcto, cuando estamos preparados para escuchar.

 


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