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El Cuarto Oscuro| ¿Quieres verlo?

Una de las cosas que me ha servido en esos momentos en los que me he caído dentro de un pozo oscuro del que no podía salir, fue descubrir que tenía la luz apagada. A simple vista se podría decir que es una obviedad, cuando uno está triste, eso es lo que sucede, uno se encuentra en tal estado de bloqueo que no se mueve, ¿será por miedo? Pero también hay otra obviedad que generalmente no vemos, y es que podemos prender la luz. Que en ese cuarto, como en todos, existe un botoncito que si se aprieta para un lado o para el otro, se puede hacer magia.

Había estado un par de veces quieta en la oscuridad, hasta que una de aquellas veces en que me tocó estar allí, fue distinta. Había pasado tanto tiempo encerrada en la oscuridad de ese cuarto, sin hacer nada más que llorar, que llegó un momento en el que mi cuerpo me pedía a gritos “movete”. La primera vez que tuve esta visión, buscaba desesperadamente encontrar una salida, me di cuenta que con la luz apagada no iba a poder ver dónde estaba. La negación de la realidad opera de esta manera. Tomar la decisión de apretar ese botón esta vez no me costó, porque yo necesitaba salir de ahí, me ahogaba en mi propio llanto, sentía tal presión en el pecho, mi estómago estaba todo el tiempo en constante movimiento, que me urgía salir de esa situación. Momentos tristes hay muchos, pero nunca había pasado por uno tan intenso. Por lo cual, ni bien tuve esta visión, desesperada me moví por todo el cuarto tanteando en las paredes a ciegas hasta que lo encontré, apreté el botón y alumbre ese cuarto.

Oscuro se hace claro

Una vez encendida la luz se podía ver colgadas en las paredes, todas y cada una de las imágenes que más me dolían. Estaban ordenadas cronológicamente y para mi sorpresa, había algunas que no recordaba, pero no había ninguna imagen que me trajera satisfacción. Todo era doloroso. Me sentí mareada al ver todo eso, lloré desesperada y el ahogo se hizo más intenso, estaba sola en ese cuarto ahora iluminado, con todos los recuerdos dolorosos de los que no me podía desprender y se me presentaban con marcos de colores en la pared.  Es cierto que en un momento me planteé apagar la luz, pero solo quedo en eso. Sentía que estaba en un momento en el cual no cabía ningún anestésico, necesitaba algo más fuerte y eso era tomarme una dosis de algo que solo se encuentra en la raíz de las cosas. Me dije “Romi, si la vida te pone en esta situación es porque, aunque hoy no lo veas, tenes las herramientas para enfrentarla”.

¿Y ahora qué hago?

”Ya prendiste la luz así que un día a la vez, me dije, un día a la vez”

Al otro día amanecí y miré el cuarto en detalle, las paredes estaban empapeladas en un color grisáceo, había una cama de una plaza contra la pared izquierda, estaba armada, una almohada y tenía  frazadas al pié. Había una alfombra circular mediana tejida a mano en el piso entre la cama y la mesa de luz, a la derecha de la cama, había una mesita de luz con libros, una lapicera, un cuaderno y un velador. En la pared derecha había un placard de dos  puertas y dentro tenía solo cajoneras, no había lugar para colgar nada. Al lado del placard había una silla. En el techo un ventilador. Y al lado del interruptor de luz, había un espejo grande. Era un cuarto armado, pero no tenía puerta de salida, o hasta ese momento no la podía ver.

Enfrentarme a esos cuadros, en un primer momento, había sido desgarrador. Pero me di cuenta de que el cuarto en sí, era como cualquier otro. Si quería acostarme a dormir, tenía una cama donde podía hacerlo, si me daba frío, tenía con qué abrigarme, si me daba calor en medio de mi ahogo por el llanto, podía prender el ventilador y tomar un poco de aire, si me aburría, podía leer algo…en fin. Ahora al menos podía hacer algo según mis necesidades. Pero ¿qué hacía con los cuadros? Aún me resistía a mirarlos en detalle. Aún se me presentaba esa acción como algo para lo que aún no estaba preparada. Pasaron unos días en los que las acciones se limitaban a leer, intentar descifrar el punto de crochet que habría usado la artista que había hecho a mano la alfombra de pié, a dormir… Poco a poco me fui adaptando al espacio. Los cuadros seguían allí.

El oscuro sueño

Hasta que una tarde, desperté de una siesta alterada, me encontré abrazada a mi almohada, había soñado que esos cuadros me hablaban, ellos me decían “míranos” y al voltear a verlos se habían transformado en rompecabezas… Ya despierta me acerqué a los cuadros que en la realidad seguían siendo fotografías, atiné a agarrar el primero y me senté en la cama a mirarlo. ¿Qué me había querido decir ese sueño? ¿Por qué me los mostraba como rompecabezas? ¿Qué se hace con un rompecabezas que ya está armado? En ese momento me respondí que generalmente se pega y se hace un cuadro… pero… ¿y qué pasa si no lo pego?, ¿si mejor lo desarmo y lo vuelvo a armar aunque más no sea por entretenimiento? ¿Cómo se había construido ese cuadro, ese recuerdo? ¿Con qué bases, desde dónde se había originado? Y luego de hacerme esta última pregunta, me paré sobresaltada, recordé que yo había sentido que necesitaba tomar la dosis de eso que se encuentra en la raíz de las cosas. Miré la fotografía, tomé la lapicera, el cuaderno y comencé a escribir en detalle cada paso que había transitado para llegar a construir ese recuerdo de esa manera; esas eran las piezas del cuadro, que ahora debía desarmar para comprender mi propia historia, mis dolores y desde dónde se originan y tal vez desde ahí podría encontrar una salida.

Si bien en un primer momento parecía una acción entretenida, a medida que iba desmenuzando cada pieza, el dolor se me presentaba al descubrir entre otras cosas, cuán arraigada estaba en ciertas creencias, poder ver que los caminos elegidos me habían traído la mayor parte de las veces a tener los mismos resultados, por lo cual,  debía desaprender para volver a construirme sobre otras bases. Me surgieron mil preguntas y respuestas y al encontrar éstas últimas me daba la sensación de poder respirar mejor. Desmenuzar esos recuerdos, poder preguntarme y lo que no sabía responder, me lo respondían los libros sobre la mesa de luz. Darme cuenta de que yo había construido esos momentos, y que yo era responsable de lo que pasaba a mi vida, me destrozó el alma, pero a su vez, también me hizo reflexionar e intentar buscar solución. Ahí dejé de verme como una víctima de la vida, nunca me gustó ese papel y sin embargo, me estaba mirando como tal, echando culpas afuera, cuando en realidad, se es víctima de uno mismo y eso me molestó, yo no quería sentir lástima de mi misma ni que nadie la tuviese.

Uno por vez

Cuando pude terminar de deconstruir el primer cuadro, como quien, contento, termina de armar un puzle, tuve el impulso de tomar la silla, ponerla frente al espejo, sentarme y observarme. Había olvidado por mucho tiempo mirarme a los ojos. Mirar todo mi cuerpo, me di cuenta de que había adelgazado, que era piel y hueso, que mi rostro tenía nuevas marcas de expresión, en un momento me puse a llorar y di cuenta que esas marcas eran el recuerdo de todas las veces que había llorado, porque cuando lo hacía, esos músculos que se movían, las iban moldeando. Mire mis manos, también estaban arrugadas, mi pelo desalineado, estaba completamente desestructurada.

Lloré y mientras me miraba en el espejo me pregunté en voz alta “¿Quién Sos?”. No podía reconocerme. Y en la desesperación de no poder hacerlo, comencé a llamarme por mi nombre:”Romi…Romina… Ro…Romi…soy yo….Ro…contéstame…Romi…Ro…por favor… Romi… perdóname…” y comencé a llorar desconsoladamente, en ese momento todo mi ser comenzó a sangrar, ahí se partió el durazno, en ese preciso instante en el que me miré a los ojos y me pedí perdón. Estuve ahí por largo rato, me desnudé, me abracé, besé cada una de las partes de mi cuerpo a las que pude llegar sin demasiada contorsión, las acariciaba mientras les pedía perdón, nunca antes había hecho esto, podía sentir el dolor de mis huesos que me pedían alimento, agarré mi cara con las dos manos y me acerque al espejo para besar mi frente y mis mejillas, volví a mirarme a los ojos y solo me salió decir “te quiero”. Cuando me cansé solo atiné a recostarme en la alfombra y me quedé dormida.

Asomando el alivio

Al día siguiente, desperté sintiendo una especie de alivio, aún tenía mucho trabajo por hacer y me llevaría tiempo, no quería forzar ninguna acción, por lo cual, si me daban ganas, simplemente me sentaba con el siguiente cuadro y comenzaba con el proceso nuevamente. Cada cuadro me enseñaba nuevas cosas, me hacía ver cómo repetía algunos patrones de conducta, hasta en algunos momentos me comenzaba a pasar, que me reía de mí misma al evidenciar ciertos tics de los que no me había dado cuenta. Me había puesto la meta de que con cada cuadro que lograra desmembrar, iba a hacer algo distinto en mi cuerpo, ya sea arreglarme el pelo, pintarme las uñas, hacer ejercicios, masajear mis piernas, comenzar una dieta más saludable, cepillarme los dientes con mucha más frecuencia, cocinarme algo rico y elaborado, comprar un perfume. La reconstrucción de mi alma tenía que venir acompañada por la reconstrucción de mi cuerpo, había descuidado los dos, por lo cual, cada perdón  debía ser acompañado con una acción y tomarse como un regalo, como un festejo.

Ojo…ojo…ojo

Comencé a encariñarme con ese cuarto y eso me llamó la atención. Aún faltaba terminar unos cuadros, pero una tarde me di cuenta de que aún estaba encerrada en él y pude vislumbrar una cierta incomodidad por eso. ¿Estar adaptada era lo mismo que estar cómoda? Definitivamente no. Pero fue maravilloso sentir esa incomodidad. ¿Qué perdería si por sentirme cómoda, me quedaba allí por el resto de mi vida?, me perdería vivir.

A medida que fui desarmando y volviendo a armar esos cuadros, los volví a colgar en la pared, hasta que un día tuve la sensación de que ese ya no era su lugar. Entonces los fui guardando en los cajones del placard. Me daba la sensación de que si quedaban a la vista era porque aún no estaban solucionados y yo sentía que sí. Yo no guardaba ningún cuadro si no sentía dentro mío que estaba lista para hacerlo. Algunos cuadros me costaban más tiempo, otros no tanto, pero no me apuraba, sabía que para hacerlo bien debía respetar mis tiempos.

¿Querer es poder?

Y llegó el último. Ese día me levanté bien temprano, sabía que iba a ser un día especial, tan especial como lo había sido el primero. Tomé el cuadro, me senté como siempre en la cama, comencé a desmembrarlo mientras tomaba mis notas y leía los libros. De pronto una sensación de angustia y temor se apoderó de todo mi ser.  A mitad de mi trabajo me pregunte: “¿Qué voy a hacer cuando termine?” inmediatamente dejé mi trabajo a medio hacer y desesperada me puse a buscar en los libros alguna respuesta, algún indicio que me muestre el camino, saqué los otros cuadros y comencé a repasar uno por uno para ver si no me había olvidado de algún dato, si había dejado alguna pregunta sin contestar. Pase días mirando y volviendo atrás como quien necesita agarrarse de algo porque en el fondo sabe que se viene el vacío y tiene miedo de saltar. Había llegado al último día, había pasado por todo el proceso que debía, había aprendido lo necesario para salir, pero aún no veía la puerta. Comprendí que evadir el final no hace que no llegue y que pasara lo que pasara, debía saltar. Ese había sido mi objetivo original, salir de ese pozo, salir de ese cuarto, curar mis heridas para volver a empezar.

Miedo al oscuro de la claridad

Tomé el cuadro, con todos los miedos a flor de piel, lloraba mientras desmembraba lo que restaba de ese recuerdo a medio terminar. Me tomé mi tiempo, no me forcé y cuando al fin pude acabar de hacerlo, tomé aire y me calmé. Lo observé por un rato.  Abrí la cajonera para guardarlo y por el contrario, saqué todos los cuadros y los puse arriba de la cama. Acerqué la silla y me senté. Me quede observándolos. -” ¿Y ahora qué hago con ustedes?”- pensé. Cada marco tenía un color diferente, cada uno me había ayudado a conocerme, habíamos conversado durante mucho tiempo y les había tomado cariño, me daba la sensación de que si los tiraba a la basura, sería un acto de descortesía luego de todo lo que ellos habían hecho por mí. En ese instante al mirar a mis costados, di cuenta de que en el cuarto no había un tacho de basura. Entonces me pregunté – ¿Y si en algún momento me olvido de todo esto y necesito volver aquí?- Entonces miré los cuadros, les agradecí por la compañía, por el aprendizaje y por todo lo que me habían aportado, y con mucho cuidado, los guardé en los cajones del placard. Ahora entendía por qué no había allí dentro nada donde se pudiera colgar.

Volver a empezar

Cerré la puerta del placard. Observe el lugar una vez más como cuando alguien se despide. Hice la cama, acomodé los libros, agarré mi cuaderno, me senté queriendo leer mis notas una vez más, y de pronto pude vislumbrar que se abría el techo de ese bunker, la luz me encegueció, recordé que estaba en un pozo y si quería salir, no podía hacer otra cosa más que subir. Desde arriba entraba un aroma a flores que me estremeció,  me dispuse a armar una escalera con la mesa de luz y silla. Cuaderno en mano, escalé y salí preparada para volver a enamorarme de la vida. Y mientras caminaba por ese bosque, intentaba visualizar bien el camino para no olvidarlo. Sabía que en algún momento podría volver, pero esta vez, en cada ocasión que regresara, tomaría nuevamente el cuadernito, llevaría una picada y la guitarra.

A los 13 años había leído este soneto de Francisco Bernárdez, pero nunca lo había comprendido tan bien como hasta el día en que me despedí de ese cuarto por primera vez.

Si para recobrar lo recobrado

Si para recobrar lo recobrado

Debí perder primero lo perdido,

Si para conseguir lo conseguido

Tuve que soportar lo soportado,

 

Si para estar ahora enamorado

Fue menester haber estado herido,

Tengo por bien sufrido lo sufrido,

Tengo por bien llorado lo llorado.

 

Porque después de todo he comprobado

Que no se goza bien de lo gozado

Sino después de haberlo padecido.

 

Porque después de todo he comprendido

Que lo que el árbol tiene de florido

Vive de lo que tiene sepultado.

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Cantarle canciones a mis dolores, es una de las mejores herramientas que he aprendido a utilizar. Incomodarme en ese bunker cada vez que es necesario, me ha ayudado a crecer y a avanzar. “…y digo que cuesta tanto y hay que cruzar la tundra, pero al final la penumbra se hace arcoíris del canto”(Silvio)

A su vez, conocer la salida no hace que el proceso sea más rápido, porque no es parte del proceso escapar de él. Los dolores son de distinto color y tenor, y cada uno trae algo nuevo que aprehender.

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